sábado, 5 de enero de 2013

La ciudad y sus amigos


Bernardo Bátiz V.
P
ara empezar el año con el pie derecho, a pesar del mal ambiente con el que terminó el anterior y lo dudoso del que se inicia, propongo a quienes viven en la ciudad de México y disfrutan esta urbe gigantesca, ciudad de ciudadescomo se le ha identificado, la lectura de un libro hace poco publicado por editorial Joaquín Mortiz, con el sugerente título 1554 México 2012, formado por dos diálogos de admiradores de la ciudad, entablados con una diferencia entre uno y otro de casi cinco siglos.
El volumen está formado por dos espontáneos diálogos, esto es, por dos intercambios alternativos de ideas, opiniones y observaciones acerca de nuestra capital; el que integra la primera parte tiene lugar en 2012 y lo protagonizan tres intelectuales mexicanos: una mujer, la cronista de la ciudad, conocedora como pocos de historias, lugares y leyendas del Centro Histórico, Ángeles González Gamio; el arqueólogo, escultor y maestro Eduardo Matos y el poeta galardonado y ensayistas Vicente Quitarte.
El otro diálogo es el que nos lega Francisco Cervantes de Salazar, en Diálogos Latinos y constituye la segunda parte del libro que recomiendo; la conversación ficticia, recurso literario para dar agilidad a la descripción de la nueva ciudad mestiza, apenas surgiendo de las ruinas de la Gran Tenochtitlan, conserva de ésta grandeza y trazo geométrico, tiene lugar entre dos supuestos vecinos, Zuazo y Zamora con un asombrado forastero a quien el autor bautiza como Alfaro.
En la primera parte, los dialogantes, eruditos de nuestro tiempo, recorren una buena porción de la antigua ciudad a partir de la hermosa plaza Tolsá, en la que admiran los dos palacios que la enmarcan: el de Minería, obra del propio Tolsá y el de Comunicaciones, de principios del siglo XX; por supuesto también al famosoCaballito, como se conoce popularmente a la estatua ecuestre que encontró finalmente sitio adecuado para ser admirada.
El recorrido continúa por Tacuba, avenida Hidalgo y Puente de Alvarado, esto es, por la antiquísima calzada que unía a la capital de los aztecas con Tlacopan; los comentarios son amenos y llenos de anécdotas y comentarios inteligentes.
La segunda parte es un recorrido por la naciente urbe, aun semilacustre, pletórica ya de sitios pintorescos, palacios y fortalezas, plazas; canales y anchas calles bien trazadas; especial referencia hace el autor a la confluencia de los caminos que se cruzan en la Plaza Mayor, uno al sur por lo que hoy sería San Antonio Abad pasando frente al Palacio de Cortés y otro al oriente, desde el mismo palacio, a Tlacopan, y es el que en recuerdo del escritor colonial replican los modernos caminantes.
Entre lo que admira el forastero y con orgullo le muestran sus guías, destacan los conventos e iglesias que ya engalan a la nueva ciudad, describen la Plaza de Santo Domingo, el templo y el convento al lado de ella, la universidad y las imponentes casas de los conquistadores.
Algo que asombró al forastero Alfaro es digno de recordar; vio unas canoas sobre un canal o acequia que lo hacen exclamar ... caminan sobre el agua llenas también de agua; la explicación a ese hecho admirable la da Zamora: Davo le adivinará, que no es necesario Edipo. El agua en que navegan las canoas no es potable, la que ellas llevan sale de la fuente y por un gran canal de madera. Como se aprecia, entonces con canoas cargadas de agua potable, hoy con pipas, el problema subsiste y la solución es la misma, sólo ha variado el tipo de transporte para llevar agua potable a los habitantes de la urbe.
Por lo pronto, olvidaremos que la ciudad cuenta con enemigos acechantes, desde delincuencia organizada que comete sus fechorías cada vez más cerca de sus límites, hasta diputados en búsqueda de nuevos y más altos impuestos para los capitalinos; pensemos mejor que nuestra antigua y señorial ciudad siempre ha contado con admiradores y amigos y afortunadamente con buenos y atentos ciudadanos.

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